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Antonio López de Santa Anna (1794 - 1876)

Antonio López de Santa Anna
(1794 - 1876)

Antonio López de Santa Anna (1794 - 1876)

Denostado y alabado por historiadores, el general Santa Anna supo hacerse siempre imprecindible .

Desde que en 1821 irrumpiera Santa Anna en la vida política mexicana, hasta que fue derrocado de la Presidencia en 1855, transcurrieron tres significativas décadas durante las cuales se sucederían la independencia, el imperio, la república, la dictadura, sucesivos intentos de restauración monárquica, victorias militares y derrotas determinantes. En una época en que México buscaba su identidad como nación, su historia estuvo marcada por la ecléctica y controvertida personalidad del más influyente de los políticos del momento. Arbitrario en la política y valeroso en lo militar, Santa Anna se alzó en armas contra estamentos políticos de distinto signo, traicionó a quien había elevado a la más alta magistratura del poder, accedió él mismo a la Presidencia, estuvo preso y desterrado, fue héroe en El Álamo, oprobioso vencido en San Jacinto, perdió la mitad del territorio mexicano en favor de Estados Unidos y aún así consiguió nuevamente alzarse con el poder, haciéndose con el pomposo título de Su Alteza Serenísima, siempre supo, y ahí radica su olfato político, hacerse imprescindible. Denostado y alabado por sus coetáneos y también por los historiadores de hoy, lo asombroso es que él mismo acabase estando por encima del propio destino de México. Rara habilidad que poseen sólo un número reducido de hombres.

Un destino de grandeza y miseria

Entre rebeliones armadas, alianzas improvisadas y pronunciamientos al uso castrense, siempre acabó ingeniándoselas para estar en el poder. Su caso constituye sin duda uno de los enigmas históricos de México: cuanto más grandes eran sus errores, más aparatoso, triunfal y en apariencia inevitable resultaba su regreso salvador a la escena política. Hasta el extremo de perder una pierna en la batalla de Veracruz contra las tropas francesas, y a resultas de lo cual se vio obligado a llevar una pata de palo, fue una desgracia personal que convirtió en gesta, pues, a partir de este momento, Santa Anna fue considerado mártir y héroe, y el miembro amputado pasó a ser, cual reliquia de santo, objeto de veneración unas veces, y motivo de escarnio, otras.

La vocación castrense

La infancia de Antonio López de Santa Anna discurre entre Jalapa, ciudad en la que nace en 1794 y Veracruz, adonde se trasladará la familia para que su padre se hiciera cargo de la notaría de Alcolea. Muy pronto se rebelaría contra los designios paternos, que deseaban para él un porvenir tranquilo y acomodado, como correspondía a su noble ascendencia. Pero el carácter aventurero del joven Santa Anna, sus enormes deseos de sobresalir, serían más fuertes que la voluntad de su padre, de quien había de conseguir, a fuerza de tenacidad, que lo recomendara para ingresar en el Ejército Real de la Nueva España a los dieciséis años de edad.

En 1811 comenzarían para él una serie de destinos con las tropas realistas que intentaban sofocar el movimiento insurgente surgido a raíz del pronunciamiento del cura Hidalgo. Pero su aparición en la gran escena pública se demora hasta 1821, fecha en que el Plan de Iguala de Iturbide consagra la independencia de Nuevo México de España. Santa Anna inicia entonces, y lo hace de manera espectacular, su larga serie de imprevisibles adhesiones ideológicas. Enviado por el gobierno colonial en auxilio de la ciudad de Orizaba, logra un importante éxito militar por el que es condecorado con la Orden Americana de Isabel la Católica y ascendido a teniente coronel. Sólo unas horas después toma el mando de las tropas independentistas en Veracruz y, aunque fracasa en esta plaza, parte hacia Córdoba y se hace fuerte en Orizaba. Bajo su mandato, Juan Nepomucemo Almonte ocupa para la independencia diversas poblaciones de la costa.

Como otros muchos militares, Santa Anna ofrece su apoyo incondicional a Iturbide, quien había presentado el Plan de Iguala como una necesidad comprendida por España, aunque sólo se trataba de una estratagema para conseguir las adhesiones de los más tibios. Cuando Iturbide logró entrar en Ciudad de México, los españoles habían sido reducidos a la fortaleza de San Juan de Ulúa, en Veracruz, donde sería precisa una vez más la intervención de Santa Anna.

Del imperio a la república

La conversión de Nuevo México en un Estado independiente no iba a ser fácil. Por una parte, al rechazar España el Plan de Iguala, se exacerban las ideas independentistas, al mismo tiempo que la necesidad de crear un modelo de Estado hace que salgan a la luz las distintas tendencias ideológicas que convivían en el bando independentista: monárquicos, iturbidistas y republicanos se enfrentan entre sí agrupados en distintos partidos. Iturbide se convierte en dictador al disolver la Asamblea Constituyente y Santa Anna aparece de nuevo en la escena política, a través de las armas, tomando Veracruz, declarando ilegal la elección del emperador y pronunciándose a favor de la República. "La victoria no podía ser más espléndida: árbitro en esos momentos de los destinos de la patria, no falté en una letra al programa que di a luz al proclamar la República", escribe en sus memorias, pese a que había sido él mismo quien había impulsado a Iturbide a disolver el Congreso.

Desterrado Iturbide en 1823 y restaurado otra vez el Congreso, comienzan los enfrentamientos por la causa federalista, a la que se apuntó de inmediato Santa Anna. En esta ocasión fracasa su pronunciamiento en San Luis Potosí y tiene que presentarse en México, donde se le instruye un proceso. Pero su arbitrariedad ideológica responde a un fino olfato político, pues se impone el sistema federal con la constitución de los Estados Unidos Mexicanos.

La ambición de la presidencia

Durante los años siguientes, los acontecimientos ayudan a Santa Anna en su imparable ascenso. La sublevación del padre Arenas de 1827 le da la posibilidad de ponerse al lado del gobierno de forma algo sorprendente, pues el hecho de que su propio hermano, Manuel López de Santa Anna, participara en ella inducía a pensar lo contrario. La suerte de los dos Santa Anna fue bien distinta a raíz de este acontecimiento: mientras Manuel era desterrado, Antonio obtenía el cargo de gobernador de Veracruz.

Poco más tarde se le brinda una nueva oportunidad. La convocatoria a las elecciones de 1828 nacía con la controversia entre las posturas representadas por Manuel Gómez Pedraza y Vicente Guerrero. Los partidarios del primero se oponían a hacer efectiva la medida aprobada por el Congreso un año antes, que había decretado la expulsión de México de los españoles. Apenas once días después de que Gómez de Pedraza ganara la convocatoria electoral, se sublevaba Santa Anna exigiendo la sustitución del presidente electo por el general Vicente Guerrero e incluyendo entre sus demandas la expulsión de los españoles en el plazo de veinticuatro horas.

La variedad de recursos con que contaba Santa Anna para llevar a cabo su resolución se revela en una anécdota acaecida en esas fechas. Necesitado de financiación para continuar con la rebelión, se apoderó del convento de San Francisco en Oaxaca, disfrazó de frailes a sus soldados y convocó la misa. Una vez en la iglesia, mandó cerrar las puertas y exigió a los acomodados presentes su contribución económica, con lo que consiguió reunir los fondos que necesitaba. Sólo un año después, en 1829, Antonio López de Santa Anna puede añadir a su dispar trayectoria política un nuevo ingrediente capaz de atraerle el fervor popular con la victoria en Tamaulipas contra las tropas españolas que se habían propuesto reconquistar el país. Con ella se gana el grado de general de división, es nombrado Benemérito de la patria y, sobre todo, alcanza la categoría de héroe.

Tras una nueva sucesión de motines, Santa Anna fue llamado por importantes personalidades de Veracruz para que encabezara una nueva rebelión armada. El héroe de Tamaulipas negocia junto a Gómez Pedraza, el presidente al que derrocara en 1829, la renuncia de Bustamante y la investidura de Pedraza hasta las elecciones de 1833, en las que el joven general es nombrado presidente de la República.

Levantamiento de Texas

Entre 1833y 1835 Santa Anna ejerció la Presidencia en cuatro ocasiones Al principio pareció que simpatizaba con las ideas liberales y permitió que Gómez Farías emprendiera sus reformas, pero ante las presiones de los conservadores disolvió el Congreso e hizo formar otro que promulgó las Siete Leyes, las cuales dieron paso a un período de conservadurismo y al levantamiento de Texas.

La cuestión texana marcó quizá la faceta más negativa en la historia de este personaje, como estadista y como militar. En Estados Unidos el plan de la anexión estaba establecido desde que las autoridades del vecino del Norte firmaran en 1819 el tratado que delimitaba la frontera en el río Sabina, pero Santa Anna careció de visión de futuro. Impulsadas por Moisés Austin, las familias de colonos norteamericanos, que comenzaron a establecerse en tierras texanas, fueron la excusa para reclamar su emancipación como defensa de sus derechos.

Los colonos de Texas, reivindicando la constitución federalista de 1824, declararon la guerra a México en 1835, nada más ver recortada su autonomía por el gobierno de Santa Anna. Una expedición mandada por el propio Santa Anna partió para combatir la sublevación.

Pese a su victoria en El Álamo, a los pocos días de que Texas se declarara independiente, el Napoleón del Oeste, como se había denominado a sí mismo por sus victorias militares, fue vencido en menos de veinte minutos en San Jacinto y obligado a reconocer la independencia de Texas. Para salvar su vida firmó un tratado por el que se comprometía a retirar sus tropas al otro lado de Río Grande, a devolver a los esclavos negros y a no tomar jamás las armas contra el nuevo Estado de Texas.

La providencial guerra de los pasteles

A su vuelta a Veracruz, tras su liberación, la sospecha se cernía sobre él, y ya había sido destituido de su cargo como presidente. Su buena estrella vino pronto a reforzar su leyenda. Con la Guerra de los Pasteles, llamada así porque entre otras reclamaciones económicas Francia exigía las de un pastelero, Santa Anna volvió a tomar el mando de Veracruz, ocupada por las tropas francesas en 1838. Perdió la batalla, pero la amputación de su pierna pudo más que una victoria.

En 1839 volvió a la Presidencia, cargo que ocupó en otras tres ocasiones entre 1841 y 1844, anunciando ya el estilo totalitario que caracterizaría su último período.

Pero, antes, su trayectoria sufriría un nuevo revés al suscitarse otra vez la cuestión texana, en la que ya había jugado un deslucido papel. Cuando en 1843 Estados Unidos planteó la incorporación de Texas a la Unión, Santa Anna intentó zafarse de una responsabilidad que ya le había costado anteriormente su prestigio, por lo que puso como excusa la muerte de su mujer, Inés García, para retirarse de la Presidencia. A los cuarenta días de la muerte de ésta, Santa Anna contraía nuevas nupcias, escándalo que contribuyó a aumentar su descrédito en un momento en que se le recordaba el anterior episodio de Texas y se le pedían responsabilidades por el mismo. El retiro de la escena política en este crítico momento lo pagó con un largo exilio en La Habana.

México pierde la mitad de su territorio

En ausencia de Santa Anna la situación interna en México era tan caótica como siempre. Estados Unidos aprovechó el desorden institucional habitual para enviar sus tropas a Río Bravo dándose inicio así a la guerra entre los dos países. El discutido estratega militar fue llamado para afrontar la situación, pero aunque logró organizar un importante ejército e infundir un valor por el que fueron reconocidas sus tropas, fue derrotado sucesivamente en todos los encuentros.

Después de la toma de Ciudad de México, con la firma del tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848, México perdía Texas, Nuevo México y California, aproximadamente la mitad de su territorio. Atrás quedaron las batallas de Sacramento, Veracruz, Cerro Gordo o Monterrey, en que toda resistencia había fracasado.

Su Alteza Serenísima

Tras la derrota, Santa Anna abandonó el país después de renunciar a la Presidencia que ejerciera durante la guerra. El fin de las hostilidades y la retirada de las tropas estadounidenses no fueron suficientes, sin embargo, para restablecer la normalidad en el país. El empobrecimiento causado por la guerra, el descontento en todos los ámbitos y las luchas políticas consiguientes, junto con los numerosos conflictos frontenzos, se habían convertido en un mal endémico del que parecía imposible salir.

Con el fracaso de las reformas liberales que pretendieron implantarse sin éxito, los conservadores fueron imponiéndose poco a poco en todos los Estados, hasta conseguir que Santa Anna fuera reclamado una vez más como la única esperanza del país. Santa Anna había demostrado, al menos, que era el único capaz de tomar las riendas de un país ingobernable durante estas décadas, por más que su actuación hubiera sido discutible en todas las ocasiones que había accedido a ocupar el poder.

Así, en 1853, Santa Anna vuelve a desempeñar la Presidencia, pero esta vez con una mayor ambición si cabe. Carente de prejuicios e inmune a las críticas, una de sus primeras medidas fue vender un trozo de territorio mexicano a Estados Unidos para hacer frente a la falta de recursos. Además, restableció a los jesuitas, reinstauró la orden de Guadalupe y se hizo llamar Su Alteza Serenísima, a la vez que dictaba un decreto por el que se declaraba dictador perpetuo. En su empeño por legislar, ningún asunto del país escapó a sus designios: los impuestos afectaban a las ventanas de las casas y a los perros de compañía; las innumerables disposiciones se ocupan incluso de dictaminar el color del uniforme de los empleados públicos o el uso de etiquetas sociales en los actos oficiales. No obstante, esto era lo anecdótico, pues junto a ello fueron creciendo la corrupción y la persecución ideológica.

Creció el descontento popular y con él comenzaron a fraguarse los planes de rebelión. Ebrio de poder, dio muestras de gran crueldad contra los revolucionarios que se le enfrentaron. Dos capitanes rebeldes fueron hechos prisioneros, colgados de un árbol por los pies y abandonados a la intemperie, mientras las tropas vencidas de Su Alteza Serenísima arrasaban las localidades que, una a una, iban dejando atrás en su retirada.

Un exilio definitivo

Era 1855 y el Plan de Ayutla había dado el resultado esperado. Santa Anna se vio obligado a renunciar y a tomar de nuevo el camino del exilio, esta vez a Colombia. Acostumbrado a los vaivenes políticos, Santa Anna no se dio cuenta de que esta vez el retorno sería ya imposible.

En los acontecimientos que se sucedieron dejó oír su voz desde el exilio. Así, estuvo a punto de formar parte de la regencia de Maximiliano, pues ofreció su apoyo a la monarquía que se estaba preparando desde Europa, pero las dos veces que regresó para tratar de participar en la vida pública, sólo consiguió ser desterrado. Finalmente, en 1874, el presidente Lerdo de Tejada le permitió volver al país, donde murió dos años más tarde.

1794 Nace ANTONIO LÓPEZ DE SANTA ANNA en Jalapa, en el Estado de Veracruz.
1821 Iturbide le otorga el título de jefe de la 1a División del Ejército. Es nombrado brigadier y comandante general de la provincia de Veracruz.
1823 Elegido Guadalupe Victoria presidente Santa Anna lanza una proclama federalista en San Luis Potosí y es hecho prisionero.
1829 Es nombrado gobernador de Veracruz.
1833
a
1835
Ejerce la Presidencia de la República. Abandona el poder para luchar contra la independencia de Texas.
1836 Es derrotado y hecho prisionero por el general Houston; firma un tratado humillante para salvar la vida.
1838 Se enfrenta al cuerpo expedicionario francés en la Guerra de los Pasteles y es derrotado en Veracruz donde pierde una pierna. El ejército de Estados Unidos conquista la capital de la República e impone el ominoso tratado de Guadalupe-Hidalgo. por el que México perdía Texas, Nuevo México y California.
1839 Ejerce el poder como presidente interino de México.
1841
a
1848
Desempeña en dos ocasiones la Presidencia. Por la responsabilidad de la derrota e independencia de Texas, marcha hacia el exilio en La Habana.
1853
a
1855
Vuelve al poder y se hace llamar Alteza Serenísima. Vende 1.000.000 km cuadrados de México a Estados Unidos.
1855 Marcha hacia el exilio en Colombia.
1876 Muere, dos años después de volver del exilio.

Bibliografía

Grupo EDITORIAL OCEANO DE MEXICO, GRANDES BIOGRAFIAS DE MEXICO, 1ra edición, 1996, ed. OCEANO, México, 312 pp.


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